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De los dirigentes panistas, ni a cuál irle

Fecha: 2 de septiembre de 2016 | Autor:

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El dirigente nacional, Ricardo Anaya, tiene secuestradas las decisiones del partido para consolidar su candidatura presidencial para el 2018, declaró recientemente el ex líder panista, Gustavo Madero, en una de las múltiples entrevistas que promovió para quejarse de las presuntas traiciones de su antiguo colaborador. Y es que, según su versión, el presidente del blanquiazul le había prometido designarlo presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados en el próximo período de sesiones que, por acuerdos parlamentarios, le toca presidir al PAN.

Pero Madero sólo está padeciendo lo que sufrieron otros personajes, con aspiraciones similares, cuando a él le tocó dirigir los destinos de su partido y decidir, en su momento, a quiénes designaba para los cargos que ahora se le negaron. Porque también afirmó que habría tenido alguna posibilidad de que lo nombraran coordinador de los diputados de su bancada, aunque a cambio de no serlo, el ex joven maravilla le habría ofrecido la presidencia de la Cámara, lo que tampoco no sucedió.

Gustavo Madero mangoneó al partido cuando fue su dirigente, de la misma manera que lo hace ahora Ricardo Anaya, y con la misma motivación. En su momento, el diputado chihuahuense maniobró hábilmente para llegar a la Cámara de Diputados, sin soltar el control del partido, en una estrategia que le prolongaría su posicionamiento con serias intenciones para el 2018.

Madero le ganó la presidencia del partido al grupo del ex presidente Felipe Calderón, luego los volvió a derrotar, y se reeligió. Pidió licencia para contender por una diputación, y dejó encargado a Ricardo Anaya, a quien ya había nombrado secretario general del partido. Posteriormente, regresó a retomar la presidencia hasta que concluyó su período, pero dejándole la mesa puesta a quien, hasta entonces, le había cuidado las espaldas y suponía lo apoyaría en su proyecto político, por lo que tranquilamente se fue a ocupar su curul en Lázaro. Sin duda, una ingeniería política bien diseñada, pero que dejó muchos damnificados y, por lo visto, buenas lecciones para su sucesor.

Al político chihuahuense le fallaron algunos cálculos. Los tiempos y el humano. Si bien, Madero caminaba con el pie derecho en su estrategia, faltaba todavía mucho para los tiempos de definición de la carrera presidencial, así que requería de alianzas y compromisos sólidos que le permitieran cubrir ese espacio con posiciones relevantes para entrar en la competencia, porque en un camino tan largo y sinuoso, hay desviaciones y barrancos.

El otro, el humano, es más complicado. En política, se lucha por el poder y, en éste, las tentaciones son irresistibles, al menos, para quienes tienen aspiraciones. Varios son los ejemplos, en nuestra historia política, de quienes vieron malogrado su proyecto personal ante el olvido de quien, en algún momento, habría ofrecido apoyarlos.

El que comentamos es, sólo, uno de ellos. Anaya tendría que reconocer que su oportunidad para ingresar a las grandes ligas de la política se la debe a Madero, quien lo nombró presidente de la mesa directiva de la cámara baja (2013), luego lo designó coordinador de la bancada blanquiazul (2015), abriéndole la cancha para la presidencia del partido, cargo que actualmente ostenta.

A no dudar de que Madero realizó todos estos movimientos pensando en su propio proyecto, sólo que no tomó en cuenta que, a quien le dejó probar las mieles del poder, éste, el poder, lo iba a seducir, al grado de volverlo amnésico respecto de algún posible, pacto o compromiso de reciprocidad.

Con Ricardo Anaya estamos reviviendo lo sucedido con Gustavo Madero, durante su presidencia partidista. También entonces llovieron las quejas internas por tener secuestrado al partido y negarse a abrir las puertas a quienes no pertenecían a su grupo. Ahora es Anaya el que ajusta sus fichas y le cierra las puertas a todo aquél o aquélla que le pueda significar competencia en su proyecto y, eso sí, muy democráticamente, al estilo panista, los excluye para continuar en su auto promoción, aprovechando los spots de su partido que son los que le han dado presencia nacional, según apuntan unas encuestas, a las que habría que ver con mucha cautela.

Convendría recordarle al presidente del PAN que, si bien sus aspiraciones son válidas, saltar de ese cargo directamente a la candidatura presidencial no resulta ser el procedimiento más democrático, pues de entrada supone piso disparejo para los otros competidores y predispone a una fractura interna muy costosa para los intereses del partido. Sobre todo cuando hay, al menos, una aspirante que ha levantado la mano y a la que, abiertamente, se le ha tratado de bloquear, por aquello del conflicto de intereses, pero personales.

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