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En Auschwitz no había Prozac

Fecha: 10 de noviembre de 2020 | Autor:

Grupo Planeta

Cómo dejar de ser nuestros propios verdugos

Después de las peores tragedias, del absurdo y el sinsentido se puede extraer una posibilidad de crecimiento, nos dice Edith Eger en su nueva obra, En Auschwitz no había Prozac (Planeta).

Luego de La bailarina de Auschwitz, su relato de supervivencia frente al horror de los campos de concentración nazis, Eger nos dice que los sentimientos de culpa, inadecuación o inmerecimiento, el temor a que se repita una agresión, entre otras emociones, pueden ser una prisión igual de brutal para nosotros y limitar nuestra vida.

Para escapar de estos ciclos de condicionamiento, nos propone una serie de ejercicios liberadores para ajustar cuentas con el pasado, mantenernos en el presente y enfrentar el futuro con una sensación renovada de confianza y entrega.

Cuando nuestra renuncia a la felicidad a causa de una traición, una muerte o una enfermedad nos hace incapaces de apreciar la oportunidad única que tenemos al seguir con vida y dar testimonio de lo que nos ha sucedido, es importante tener presente que nuestra decisión sobre lo que nos ha pasado, incluido el callar al respecto, afecta profundamente el rumbo de nuestra existencia y también la de quienes nos rodean.

En Auschwitz no había Prozac es un libro profundamente humano: por medio de testimonios de la autora y de sus pacientes, nos muestra de diferentes maneras que el espíritu, tal como el cuerpo, busca repararse luego de la tragedia. A cada quien le toca decidir qué hacer después: rendirse al dolor, o abrazar la vida. El acto de amar debe incluirnos para encontrar el perdón, evitar el autocastigo o superar la vergüenza.

«La libertad exige esperanza, que yo defino de dos maneras: la conciencia de que el sufrimiento, por más terrible que sea, es temporal; y la curiosidad por descubrir qué pasará a continuación.»

Edith Eger, nacida en Hungría, era una adolescente cuando en 1944 padeció uno de los peores horrores que ha visto la historia de la humanidad. Sobrevivió a Auschwitz y huyó a Checoslovaquia para acabar finalmente en Estados Unidos. Allí se doctoró en Psicología y conoció a su mentor, Viktor Frankl. Ha sido protagonista de documentales, es profesora en la Universidad de California y tiene una clínica en La Jolla, California.

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