Las incertidumbres del cambio

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The Black Swan es un libro publicado por el economista Nassim Nicholas Taleb en 2007. Con dicha obra se popularizó entre el gremio el término “cisnes negros” para definir a aquellos sucesos que son tan altamente improbables y, por ende, impredecibles, que no se llega a pensar ni por asomo que tendrán lugar, pero que cuando llegan a pasar tienen graves consecuencias que afectan a las estructuras económicas y sociales.

Dos cisnes negros destacan en los años recientes: la crisis financiera de 2008 -tan grave que tuvieron que replantearse los esquemas propios del capitalismo tardío- y la pandemia de COVID-19, que provocó una crisis sanitaria mundial capaz de hacer revisar esquemas de salud física y mental, teletrabajo, cambios en la forma de comerciar bienes y servicios, así como un estancamiento económico generalizado, del cual, dicen algunos, aún el mundo no termina de recuperarse.

Si bien la propia definición del término señalado líneas arriba impide visualizar al “monstruo que vendrá”, si nos permite, con base en algunas “plumas negras” que ciertos cisnes hasta ahora ocultos han ido dejando en el camino, y que un servidor ha recopilado, poder señalar al menos un aspecto a tomar en cuenta en la recomposición del orden económico mundial. Es decir, la reestructura geopolítica de las tres grandes potencias mundiales (Estados Unidos de América, Rusia y China). Es claro que cada una de ellas se ha comenzado a repartir un pedazo del pastel. ¿Pero está dispuesto el pastel a ser repartido?

El caso de China resalta porque, tras haber superado el llamado “siglo de la humillación” (1839-1949) en el que las potencias europeas la debilitaron al grado de quebrar el sistema que por miles de años la habían hecho una potencia mundial, ahora resurge no sólo como un competidor que emula productos de occidente, sino que, como nos demostró en la crisis arancelaria de 2025, es en su territorio donde se lleva a cabo una parte importante de lo que se consume en el mundo; marcas europeas y estadounidenses tienen su producción en este país, pues abarata los costos y son sólo etiquetadas en ellos para darle el distintivo de origen o la marca cotizada. No estamos hablando sólo de un país manufacturero, como lo fue en la mayor parte del siglo XX y principios del XXI, podemos observar en la última década a uno que ya no copia tecnología occidental, sino que la ha superado con creces. Por ejemplo, la IA de China es la más avanzada. Mientras occidente en el mejor de los casos ve aún con desconfianza esta herramienta o usa aplicaciones básicas (Chat GPT o Gemini) los estudiantes chinos de niveles básicos la han convertido en su día a día. No es casual que en pleno enero de 2026 el conflicto entre China y Taiwán haya alcanzado niveles altamente tensos. ¿Por qué? Taiwán es el principal productor de semiconductores (chips) por medio de la compañía TSMC – Taiwan Semiconductor Manufacturing Company-. Ahí está un black swan.

El caso de Rusia, a la que se suele identificar como la “tercera Roma”, tiene en Ucrania un conflicto militar que no la ha debilitado como se esperaba, de hecho, se puede hablar de una economía de guerra, o lo que el historiador británico John Brewer denominó “fiscal military state”. Ganar una guerra no sólo implica debilitar al enemigo, sino generar una industria en la cual se ven beneficiados diversos sectores económicos que ven en ella una fuente de recursos constantes. Sí, la guerra es un negocio. Europa no tiene la capacidad de enfrentar sola a Rusia, más que con una u otra medida restrictiva, pero no por medio de un ataque militar frontal, para ello necesitaría la ayuda de Estados Unidos de América, pero la línea de abastecimiento entre USA y Rusia es tan larga que resultaría demasiado costosa. Por el occidente tendría que ser sostenida por Europa, amenazada por su propio aliado en los últimos días por el caso de Groenlandia; por el oriente quedaría a merced de China, pues tendría que atravesar la plataforma terrestre euroasiática. No debemos olvidar, como una lección de la historia, que ni Napoleón ni Hitler pudieron tomar Rusia, es más, el mero hecho de intentarlo dio inicio a la debacle del ejército de ambos contendientes. Ahí está el segundo cisne negro.

El caso de Estados Unidos de América desconcierta aun a los más versados en el tema. Frente a un presidente con cada vez más frentes abiertos, muchos de ellos por él mismo, se escuda en un prestigio militar, más propio de películas de Hollywood que de la realidad. Ha tomado Venezuela es cierto, pero también es falso. Apresó al gobernante en turno, a quien iba dirigido el ataque, pero no entró, ni entrará a reformar las instituciones venezolanas para llevar la libertad americana. Tan sólo véase el reconocimiento que de la vicepresidenta venezolana ha hecho Trump, eso sí, amenaza de por medio. ¿Cómo incorporar y asimilar a una población que ni siquiera se considera deseable en dicho país norteamericano? Esto no es nuevo, sirva de ejemplo el caso mexicano en la guerra que ambos países tuvieron entre 1846-1848, que culminó con la incorporación del territorio mexicano escasamente poblado por mexicanos, pues permitía más fácilmente la asimilación a los valores estadounidenses; o el caso de Puerto Rico, territorio no incorporado y que por medio de la Ley Jones de 1917 declaró a sus habitantes “extranjeros en su tierra”. La amenaza sigue, pues se ha señalado que en la mira están Colombia, Cuba y México, ¿por qué? Porque hay que imponer la paz. La vieja doctrina “Monroe” se quiere revivir en una Iberoamérica que no es la misma, ni económica ni políticamente, que a principios del siglo XIX. Tan sólo Brasil y México representan dos de las economías más grandes del mundo, que no son aquellos países decimonónicos temerosos que contaban con casi ningún aliado que no fuese la exportación de materias primas al mejor postor. Aquí no hay un cisne negro, sino dos. A lo ya dicho, hay que sumar la pelea geográfica por territorios con recursos naturales que permitan seguir sosteniendo a un capitalismo estadounidense más que tardío, agotado, por medio del intento por incorporar territorios que generarían conflicto incluso con sus propios aliados: Canadá y Groenlandia.

No hay nada más constante que el cambio, frente a estos cisnes negros que nos acechan, sólo queda recordar que las estructuras sociales se transforman y adaptan conforme las particulares circunstancias que las rodean. Al mundo en 2026 le espera el reacomodo político del espacio geográfico en un ambiente de incertidumbre climática y estancamiento económico prolongado. Todo lo demás, constante.

Recomiendo la lectura del texto aquí mencionado en una traducción llamada: El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable, Nassim Nicholas Taleb, Ediciones Paidós, 2011.

Dr. Carlos de Jesús Becerril Hernández, profesor Investigador de la Facultad de Derecho de la Universidad Anáhuac México. Miembro del SNII Nivel 2 carlos.becerrilh@anahuac.mx

By Columna Invitada

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