El oro ha protagonizado uno de los ascensos más notables de los últimos años, superando los $4,380 dólares por onza y consolidándose como el activo más destacado del 2025.
Este repunte no sólo refleja su tradicional papel como refugio ante la incertidumbre global, sino también un renovado apetito por riesgo de los inversionistas, que han encontrado en el metal precioso una cobertura táctica frente a los recortes de tasas de la Reserva Federal y la volatilidad de los mercados bursátiles.
A diferencia de otras etapas históricas, el avance actual del oro se sostiene en un contexto mixto: por un lado, las expectativas de flexibilización monetaria y la desaceleración económica en Estados Unidos alimentan la demanda del metal; por otro, el aumento del apetito por riesgo sugiere que muchos participantes lo están utilizando como un activo de rotación táctica más que como refugio defensivo. Esta dualidad ha generado un entorno inusual, donde el oro sube junto con el mercado accionario.
Desde la perspectiva técnica, el metal se acerca a un punto decisivo. Los ciclos temporales que gobiernan sus movimientos muestran que el último trimestre del 2025 podría definir la tendencia dominante hacia 2026. Los analistas observan ventanas de volatilidad entre finales de octubre y diciembre, con niveles críticos en la zona de $3,900 dólares como soporte principal y $4,200 dólares como resistencia determinante. Una ruptura sostenida por encima de ese umbral abriría espacio para un nuevo máximo histórico.
Sin embargo, la reciente corrección por debajo de $4,000 dólares ha encendido señales de alerta. La disminución de las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, junto con un repunte del dólar, ha reducido temporalmente la demanda de refugio. Si el entorno geopolítico se estabiliza y los mercados bursátiles mantienen su impulso, el oro podría enfrentar una toma de ganancias más profunda en las próximas semanas.
Algunos estrategas sostienen que el movimiento alcista ha estado impulsado más por la especulación que por fundamentos sólidos. La ola de compras de corto plazo, alimentada por el miedo a quedarse fuera de la tendencia, podría revertirse si los rendimientos reales de los bonos comienzan a subir o si la Reserva Federal adopta un tono menos expansivo. Bajo este escenario, el oro tendría dificultades para mantener sus máximos y podría retroceder hacia la zona de $3,500 dólares por onza en el mediano plazo.
No obstante, los factores estructurales que respaldan al metal permanecen intactos. Las compras de bancos centrales, la diversificación de reservas internacionales y la demanda persistente de los ETF de oro continúan ofreciendo soporte. Además, los riesgos fiscales en Estados Unidos y las dudas sobre la sostenibilidad de su deuda alimentan el interés por activos reales que preserven valor ante posibles episodios de inflación o devaluación del dólar.
Para los inversionistas, la clave radica en interpretar correctamente el equilibrio entre las fuerzas técnicas y los fundamentos macroeconómicos. Si la tendencia alcista logra consolidarse por encima de los 4,200 dólares y se confirma una fase de cambio positiva, el oro podría extender su trayectoria hacia los 4,500 dólares y posiblemente superarla a inicios de 2026. En cambio, una pérdida de la zona de soporte de $3,900 dólares podría marcar el inicio de una etapa correctiva más prolongada.
En conclusión, el oro se encuentra en una etapa crucial: entre el impulso que lo llevó a máximos históricos y las señales de agotamiento que comienzan a aparecer. Su evolución dependerá de la interacción entre la política monetaria de la Reserva Federal, la fortaleza del dólar y el apetito global por riesgo. En cualquier escenario, sigue siendo un activo central dentro de la estrategia de diversificación y cobertura, pero requiere una gestión más activa y disciplinada ante un entorno de volatilidad creciente.”
- Análisis de Antonio Di Giacomo, Analista de Mercados Financieros para LATAM en XS.







