Para nadie es una sorpresa que los movimientos políticos actuales utilizan el discurso histórico para tratar de derrumbar al gobierno en turno, para legitimarse en el poder una vez que lo han conseguido y para mantenerse en él lo más que se pueda.
Derechas e izquierdas hacen uso de un pasado glorioso al que hay que regresar: «make America great again», «hagamos de Argentina la potencia mundial que fue» o «la capital de la Unión Europea debe ser Roma», así como la reivindicación de un supuesto pasado glorioso que fue interrumpido por la llegada de un grupo social que invadió y conquistó, representan ejemplos de cómo se trata de volver a un tiempo que se cree mejor. ¿Por qué?
De acuerdo con Luis González y González en su texto De la múltiple utilización de la historia, esta se expresa por lo menos en cuatro vertientes. La historia anticuaria, que es aquella que nos hace recolectar datos por el mero gusto de saberlos, como si saber muchos nombres, fechas y acontecimientos fuese la labor de un historiador profesional. Por eso le denomina anticuaria, porque recopila cuestiones que poco nos sirven para explicar fenómenos sociales. Sin embargo, nos hace soñar en un pasado idílico, aquel en el que nos imaginamos bailando con don Porfirio Díaz o en el Castillo de Chapultepec junto a la Emperatriz Carlota y el Emperador Maximiliano.
Nos sirve para soñar, pero no para explicar. Por su parte, la historia de bronce nos muestra un pasado lleno de héroes y villanos, a los primeros los ponemos en estatuas de bronce que adornan nuestros parques y avenidas; a los segundos los dejamos en el olvido de la historia, pues son ejemplo de lo que se debe y no se debe hacer. Como si los seres humanos no fueran personas que actúan conforme la circunstancias que los rodean en un tiempo y espacio determinados. Esta es una historia peligrosa, vuelve a las naciones y personas soberbias y les inculca que pueden regresar un pasado glorioso, muy alejado del tiempo presente que no siempre gusta.
La historia crítica surge como respuesta, generalmente engañosa, de lo que no se quiere. Nace para denostar al régimen en el poder y decirle que antes todo era mejor, se dice ella misma que tiene argumentos, pienso que se trata de resentimientos, pues su misión es criticar al régimen o, en supuesta vocación por «mostrar lo que realmente pasó», llegan a extremos de justificación tales como «esta conquista fue civilizatoria» o «no fue un proceso tan violento». Por otro lado, está la historia científica, la más formal de todas, porque utiliza elementos de diversas disciplinas para contestarse a la pregunta ¿cómo llegamos hasta aquí?
La ciencia no está para acusar ni para ocultar sucesos, para negarlos o fingir que nunca existieron, como si borrar o ignorarlos fuese la solución a la propagación. Los científicos sociales buscamos comprender nuestro pasado porque queremos comprender nuestro presente. Claro, esta historia científica es metódica y trata de ser lo más objetiva posible, por eso incomoda, toda forma de pensamiento estructurado resulta incómodo para el pensamiento improvisado.
De ahí que, los historiadores profesionales sepamos y enseñemos que todo tiempo pasado nunca fue mejor. El momento más valioso es el tiempo presente. Pues es el único que se tiene. Los nacionalismos radicales triunfan porque echan mano de herramientas históricas de control, crean figuras que son el enemigo común en el ascenso del triunfo casi predestinado de una nación de ser grande o de haber caído en la desgracia por culpa de determinados sectores sociales. La historia científica no busca culpables, busca explicaciones con base en documentos, interpretaciones y una metodología de trabajo rigurosa.
Los movimientos políticos actuales hacen uso de la historia crítica, para liberarse, para decir que un pasado glorioso los espera para ser reivindicado. Que todo agente externo que no se asimile al interés colectivo de un determinado proyecto político es el enemigo. Difícil situación cuando una inmensa mayoría de la población no tiene acceso a estudios profundos sino a figuras mediáticas o de autoridad cuyas opiniones no resisten el análisis científico. Por eso el triunfo de los movimientos autoritarios. Alguna vez alguien me señaló que «los gobiernos del siglo XX habían cambiado la eficacia de las dictaduras por la ineficiencia de las democracias». En su momento el argumento sonaba convincente, pero nunca un autoritarismo por más eficiente que sea debe permitirse pase por encima del consenso social. En este sentido, pues claro que hubo crecimiento económico impresionante en el Porfiriato mexicano, la pregunta es «¿para quién?», la respuesta es abrumadora, por eso una Revolución lo derrocó y lo condenó al olvido de la historia.
Citaré un adagio de sobra conocido, pero que nos hace reflexionar en estos momentos en que los autoritarismos se levantan como una opción viable para diversos sectores de la población: «la libertad es como el aire, sólo se extraña cuando nos hace falta».
Un texto imprescindible para entender las diversas funciones de la historia en la vida social se encuentra en: González, Luis, «De la múltiple utilización de la historia», en ¿Historia para qué?, México, Siglo XXI Editores, 1980, pp. 52-74.
Dr. Carlos de Jesús Becerril Hernández, Profesor Investigador de la Facultad de Derecho de la Universidad Anáhuac México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores Nivel 2.
carlos.becerrilh@anahuac.mx
