Tanta fue su obsesión por combatir a la supuesta “mafia del poder” que argumentaba en sus discursos políticos, que terminó siendo la actual mafia de políticos que, coludidos con el crimen organizado que mantiene asolados a los mexicanos en todo el país, hoy gobiernan lo mismo rancherías y poblados que municipios y estados completos a los largo y ancho del territorio nacional.
Con tal de obtener el control político que tanto ansiaron, a los líderes del llamado “movimiento” no les importó coludirse con quienes hoy “mandan y ordenan” a lo largo y ancho del país a través del enorme poder económico y del armamento que poseen, por encima de las instituciones cada vez más debilitadas por ellos mismos y de la propia ley.
Tal como es definida por la Real Academia de la Lengua Española (RAE) la mafia es una organización criminal secreta y jerárquica, que basa su poder en la extorsión, la violencia, el control de actividades ilegales y la corrupción institucional. Mejor descripción no podría existir a lo que hoy observamos y padecemos millones de mexicanos.
Es por ello que México vive hoy un momento sumamente peligroso: el de los narcopolíticos que, sabiendo que le fallaron a sus gobernados, han decidido aferrarse al poder a cualquier costo; inclusive, el de llevarse al país “entre las patas” con tal de no ceder el poder y enfrentar a la justicia que, ante la cooptación de las institucionales por parte de ese mismo poder, tiene que venir de otro lado al verse afectada la seguridad y la estabilidad de las naciones vecinas.
Cuando el poder deja de ser una responsabilidad y se transforma en un mecanismo de protección personal, cuando las instituciones se utilizan, no para impartir justicia sino para garantizar impunidad, entonces lo que existe ya no es un proyecto de nación sino un grupo atrincherado – fuera de la ley – tratando de manera desesperada de sobrevivir.
Eso es precisamente lo que estamos viendo hoy en México.
Quienes traicionaron a la patria y al pueblo, aliándose con aquellos que lo han violentado, extorsionado, robado y asesinado, saben perfectamente que ya perdieron la confianza ciudadana. Hoy, muchos de ellos ya no gobiernan para el pueblo; gobiernan para proteger sus oscuros intereses, sabedores de que el respaldo ciudadano se les escapa de las manos. Hoy, ya es muy difícil esconder la realidad nacional, de un pueblo cansado de “abrazos a los criminales” en lugar de la aplicación estricta de la ley, mientras miles de familias mexicanas entierran a sus muertos y viven bajo el yugo de la violencia y el crimen.
La mafia suele atrincherarse cuando ve amenazados sus intereses. Eso ocurre hoy en suelo mexicano; porque cuando un gobierno – convertido en esa organización criminal y secreta que usa la violencia para preservar su poder – necesita modificar las reglas para perpetuarse, no demuestra fortaleza sino miedo. Miedo al juicio de la historia. Miedo a la justicia. Miedo a que la verdad termine por alcanzarlos.
Hoy se observa cómo guardan silencio frente a las graves acusaciones, bien documentadas, en torno de sus nexos con criminales y delincuentes. Encubren a sus propios correligionarios porque saben que, al protegerlos, se protegen a sí mismos. Fabrican distractores porque saben que si uno cae, caen todos y se desmorona toda su estructura de poder e impunidad.
Sin embargo, ya es cuestión de tiempo para que paguen por su irresponsabilidad y sus delitos. Cuestión de tiempo para que las investigaciones avancen. Porque cuando se juega con el dolor de una nación y se entrega la seguridad de sus ciudadanos a los grupos criminales que actúan fuera de la ley, siempre se termina pagando la factura histórica que se merecen.
Ya caerán; es cuestión de tiempo.
