Fue contundente el triunfo del PRI en las pasadas elecciones locales para renovar al Congreso de Coahuila, que se compone de 25 diputados (16 de mayoría relativa y 9 de representación proporcional).
Con el 100 por ciento de la actas computadas, la Alianza PRI-UDC sumó 684 mil 515 votos, lo que representa el 55 por ciento de la votación y prácticamente ganó los 16 distritos de mayoría relativa que estuvieron “en juego”.
Del otro lado, la coalición integrada por Morena y el Partido del trabajo obtuvo 326 mil 012 sufragios, el 26 por ciento del total, y no consiguió la victoria en ninguno de los distritos electorales.
Para el PAN y Movimiento Ciudadano, que en los últimos tiempos se han caracterizado por ser “esquiroles” del oficialismo, la lección es muy clara. Ni siquiera lograron el porcentaje requerido para conservar su registro. Los votantes castigan a quien no se define ideológicamente y hoy, ambos partidos, luchan por permanecer en el panorama electoral del estado prácticamente reducidos a nada y sin mayores perspectivas.
Las lecciones y la lectura política de lo ocurrido el domingo pasado en Coahuila para el oficialismo son muchas, pero fundamentalmente se reducen a una: cuando los ciudadanos experimentan buen gobierno, liderazgo político y social de sus gobernantes y, principalmente, unidad en torno a las metas diseñadas para mejorar la vida cotidiana de sus habitantes, no hay pierde: el voto es por continuar por el camino del desarrollo, la seguridad y el progreso.
Por ello, la “estrategia” del oficialismo ha sido desde hace muchos años dividir a la sociedad y crear rencor y desconfianza. En Coahuila, hoy no les funcionó.
La derrota de Morena en la entidad no es algo que se deba perder de vista. Es un mensaje de la sociedad frente a las malas decisiones que hoy tienen sumido al país en conflictos tanto internos como externos. Es una muestra más de que la pobreza no se soluciona repartiendo dinero, sino creando las condiciones para generar economía, empleo, seguridad y mejores condiciones en Salud y Educación, cosas de las que hoy carecen millones de mexicanos.
Y también, poco a poco la ciudadanía se convence de que no puede seguir respaldando a un cártel, que no partido, que se alió con los delincuentes y narcotraficantes, los mismos que tanto daño han hecho a las propias familias de los ciudadanos con el incremento de la delincuencia, la extorsión y la violencia con que actúan. No en balde, Coahuila es hoy por hoy de los estados más seguros del país y por ello los votantes decidieron respaldar ese camino.
El proyecto a futuro es claro, como lo ha anticipado en múltiples ocasiones el líder nacional del PRI “Alito” Moreno: se requiere de un bloque opositor donde quepan todos – PRI, PAN y MC – para de una vez por todas sacar al oficialismo. Eso es pensar en el país y no en cálculos políticos que solamente buscan conservar sus “parcelas de poder” en beneficio de sus dirigencias y no del ciudadano en general.
Los resultados electorales en Coahuila deben de provocar un acto de reflexión en la cúpula del Partido Acción Nacional: cometieron un error político garrafal al cancelar cualquier posibilidad de alianza. Perdieron los 4 distritos de mayoría que habían ganado en la elección anterior de 2026. Más claro no se puede.
Lo ocurrido en Coahuila el domingo pasado es un vivo ejemplo de que sí se puede ganar, pero con la confluencia de todos y con ello recuperar la esencia de país que se ha perdido en los últimos años. Urge en el resto de los partidos de oposición mayor madurez política y una verdadera visión de Estado.
