La inteligencia artificial no está despidiendo trabajadores; las decisiones siguen tomándose en los consejos de administración. En esta columna cuestiono cómo muchas empresas presentan recortes de personal como innovación, cuando en realidad responden a una lógica de reducción de costos. Al final, el verdadero riesgo no es la IA, sino la obsesión de algunos directivos por convertir el talento humano en una simple cifra dentro de una hoja de cálculo.
Realidad Aumentada
Adrián Campos
Hay frases que, por repetirse tanto, terminan convirtiéndose en verdades aceptadas.
Una de ellas dice que la inteligencia artificial está quitándole el trabajo a las personas.
La escuchamos en conferencias, en reuniones corporativas, en reportajes y hasta en conversaciones de café: “La IA viene por los empleos.” “La IA reemplazará a los humanos.” “La IA hará innecesarias profesiones enteras.”
Y quizá por eso vale la pena detenernos un momento para cuestionar esa idea.
Porque la realidad parece mucho menos tecnológica de lo que nos quieren hacer creer.
La inteligencia artificial no despide a nadie, de hecho, nunca ha despedido a nadie.
Un algoritmo no cita empleados a Recursos Humanos. Un chatbot no aprueba recortes presupuestales. Un modelo de lenguaje no presenta planes de eficiencia ante un consejo de administración.
Las decisiones siguen tomándolas personas. Personas que ocupan oficinas, que responden ante accionistas y que, en muchos casos, tienen la obligación de mejorar los márgenes financieros trimestre tras trimestre.
Por eso me parece equivocado culpar a la tecnología de algo que, en esencia, sigue siendo una decisión empresarial.
Porque cuando una compañía sustituye talento humano por una herramienta de inteligencia artificial, el problema no es la herramienta.
El problema es la lógica detrás de la decisión.
Alguien vio una nómina.
Alguien calculó salarios.
Alguien sumó prestaciones.
Alguien estimó cuánto dinero podía ahorrarse.
Y entonces concluyó que era más barato pagar licencias de software que seguir apostando por personas.
Eso no es inteligencia artificial.
Eso es contabilidad.
Lo hemos visto una y otra vez.
Esta misma semana Uber anunció el despido de aproximadamente el 10% de su plantilla global, cerca de tres mil 300 personas, como parte de una reestructuración destinada a simplificar sus operaciones y liberar recursos para nuevas áreas de crecimiento. Entre esas apuestas aparece una de las grandes obsesiones de la industria: los vehículos autónomos y los robotaxis, un mercado donde la compañía ha prometido inversiones superiores a los 10 mil millones de dólares.
No hace falta ser un experto para entender el atractivo económico del modelo.
Un robotaxi no pide aumento.
No toma vacaciones.
No se incapacita.
No reclama mejores condiciones laborales.
No genera costos de seguridad social.
Desde la óptica de una hoja de cálculo parece el empleado perfecto.
Pero detrás de esa ecuación desaparece algo que rara vez aparece en los balances financieros: las personas, esas que ayudaron a una App a volverse un monstruo financiero y que hoy son desechables para ellos.
Uber tampoco es un caso aislado. Meses antes la propia compañía eliminó alrededor del 10% de su personal de atención al cliente argumentando que la adopción de inteligencia artificial estaba generando ganancias de productividad y simplificando procesos.
La historia se repite en otras empresas.
IBM llegó a anticipar que alrededor de siete mil 800 puestos administrativos podrían dejar de contratarse o ser reemplazados mediante automatización basada en inteligencia artificial.
Klarna se convirtió en uno de los ejemplos favoritos de los evangelistas tecnológicos cuando anunció que una herramienta de IA realizaba labores equivalentes al trabajo de 700 agentes de servicio al cliente. Paralelamente, su plantilla pasó de alrededor de cinco mil 500 empleados a poco más de tres mil 400. Lo interesante es que, después de celebrar la eficiencia de las máquinas, la empresa terminó reconociendo que la calidad del servicio humano seguía siendo indispensable para mantener satisfechos a sus clientes.
Duolingo siguió una ruta similar al reducir cerca del 10% de sus contratistas tras incorporar herramientas de IA para la generación de contenidos y traducciones. Más tarde incluso formalizó una filosofía corporativa basada en la automatización bajo el concepto «AI First».
Todos estos casos suelen presentarse como evidencia de que las máquinas están ganando terreno.
Yo lo veo de otra forma.
Lo que muestran es que muchos empresarios encontraron una herramienta que les permite hacer lo que las empresas siempre han intentado hacer: gastar menos.
Y cuidado, porque ahorrar dinero no tiene nada de malo, nadie está peleado con su dinero.
Ninguna organización puede sobrevivir ignorando sus costos.
El problema aparece cuando el ahorro se convierte en la única métrica relevante.
Cuando el talento deja de evaluarse por lo que aporta y comienza a evaluarse exclusivamente por lo que cuesta.
Ahí es cuando las personas pasan de ser una inversión a convertirse en un gasto.
Y ésa suele ser la antesala de decisiones equivocadas.
Porque una empresa no se distingue por el software que utiliza.
Si así fuera, todas serían iguales.
La misma licencia.
El mismo algoritmo.
El mismo modelo de inteligencia artificial.
Los mismos prompts.
Los mismos resultados.
Lo que verdaderamente genera diferencia es aquello que no puede comprarse mediante una suscripción mensual.
La experiencia.
La intuición.
La creatividad.
El criterio.
La capacidad de comprender lo que sienten otras personas.
Una inteligencia artificial puede escribir un texto.
Pero no sabe cuándo una historia merece ser contada.
Puede resumir una entrevista.
Pero no detectar una contradicción.
Puede procesar millones de datos.
Pero no comprender un contexto social.
Puede producir respuestas.
Pero no desarrollar juicio.
Y el juicio sigue siendo uno de los activos más valiosos dentro de cualquier organización.
Por eso el debate nunca debió centrarse en si la inteligencia artificial reemplazará a los seres humanos.
La pregunta correcta es otra.
¿Estamos frente a una revolución tecnológica o frente a empresarios que han decidido sacrificar talento en nombre de la eficiencia?
Porque la respuesta cambia por completo la conversación.
La tecnología puede potenciar a las personas.
Puede ayudarlas a trabajar mejor.
Puede eliminar tareas tediosas.
Puede aumentar la productividad.
Lo que no debería hacer es convertirse en la coartada perfecta para justificar recortes cuyo verdadero origen está en una hoja de cálculo.
Al final, quizá el riesgo no sea que la inteligencia artificial piense demasiado.
Quizá el riesgo es que algunos directivos hayan dejado de pensar más allá del siguiente reporte financiero.
Y cuando descubran que ninguna máquina puede reemplazar la creatividad, la confianza y la identidad que construyen las personas, tal vez ya sea demasiado tarde.
Entonces entenderán algo elemental.
La IA no les quitó el trabajo a las personas.
Se los quitó alguien que confundió el valor de una idea con el costo de una nómina.
