Realidad Aumentada
Adrián Campos
Hay algo igual de preocupante que los jóvenes que usan inteligencia artificial para hacer trampa en un examen.
Los jóvenes que creen que cualquier hecho puede ponerse en duda simplemente porque tienen una cuenta en redes sociales.
Lo vimos recientemente con las reacciones alrededor del examen de admisión de la UNAM. Mientras algunos compartían supuestos métodos para engañar los filtros utilizando herramientas de inteligencia artificial, otros celebraban estas prácticas como si burlar las reglas fuera una muestra de creatividad y no una señal de fracaso educativo.
Pero ése es sólo un lado de la historia. El otro es igual de inquietante.
Estamos entrando a una etapa en la que muchas personas han decidido que ya no necesitan pruebas, conocimiento o contexto para emitir juicios definitivos sobre cualquier tema.
Basta un teléfono celular, una conexión a internet y una opinión.
Y si además esa opinión viene acompañada de un tono de aparente certeza, mejor.
El caso del profesor Alberto Jasso es un ejemplo doloroso. Tras su suicidio, provocado según su propia versión por acusaciones que decía eran falsas, surgieron testimonios de personas y alumnos que aseguraban conocerlo y daban cuenta de su trayectoria y comportamiento recto con todos. Sin embargo, también aparecieron usuarios poniendo en duda absolutamente todo.
Que si el video era falso. Que si las declaraciones habían sido generadas con inteligencia artificial. Que si las personas que hablaban de él ni siquiera existían. Que si todo formaba parte de una simulación.
No se trataba de investigar o verificar información. Se trataba simplemente de desconfiar de todo.
Como si la sospecha automática fuera una muestra de inteligencia. No lo es.
La duda es saludable cuando conduce a la búsqueda de evidencias. Pero la duda permanente, sin pruebas ni argumentos, termina convirtiéndose en otra forma de ignorancia.
Y aquí es donde la inteligencia artificial añade una nueva capa de complejidad.
Por un lado, tenemos a quienes la utilizan para evitar el esfuerzo intelectual. Personas que prefieren copiar antes que aprender, delegar antes que comprender y obtener resultados antes que adquirir conocimientos.
Por otro lado, tenemos a quienes utilizan la existencia misma de la inteligencia artificial para desacreditar cualquier hecho que no les guste.
Si antes las noticias falsas eran un problema, ahora también enfrentamos algo distinto: la facilidad para afirmar que cualquier contenido verdadero es falso porque «seguramente fue generado con IA».
El resultado es una sociedad donde algunos ya no confían en nada y otros ya no quieren aprender nada.
Ambas posturas son peligrosas.
Porque una democracia, una universidad, una empresa o cualquier comunidad humana necesitan personas capaces de pensar críticamente. Y pensar críticamente no significa rechazar toda información ni aceptar cualquier teoría llamativa.
Significa analizar, contrastar, verificar y llegar a conclusiones sustentadas.
La inteligencia artificial llegó para quedarse. Eso ya no está en discusión. La pregunta es qué tipo de usuarios vamos a ser.
Si la utilizaremos para ampliar nuestro conocimiento o para sustituirlo. Si la emplearemos para descubrir información o para fabricar excusas. Si servirá para enriquecer el debate público o para contaminarlo aún más.
Mi consejo para los jóvenes es sencillo: no conviertan la inteligencia artificial en una muleta intelectual ni en una explicación automática para todo lo que no entienden.
Aprendan a verificar antes de compartir. Aprendan a investigar antes de acusar. Aprendan a estudiar antes de copiar.
Porque al final, la tecnología puede multiplicar nuestras capacidades, pero también amplifica nuestras carencias.
Y ninguna herramienta, por avanzada que sea, puede reemplazar el criterio, la empatía y la responsabilidad de una persona que decidió pensar por sí misma.
